LA CASA DE PIEDRA ¿Podrà ser esto una novela?


Copia de 6

La vista era realimente espectacular. Esa gran casa de piedra que asomaba- así parecía desde lejos-, al borde de aquél acantilado que perpendicularmente caía al oscuro y azul mar, casi siempre de agrio carácter, era realmente de una gran belleza. Sin embargo, no estaba precisamente al borde, aunque eso pareciera a la distancia. La casa se encontraba al centro de una especie de patio también de piedra que la circundaba, pero de un hermoso color claro que contrastaba con el gris de las paredes, y al borde de este, un muro con altura suficiente para que hasta un niño de diez años pudiese contemplar el mar. Para proteger a quien se asomara, y al mismo tiempo poder disfrutar del paisaje, una verja de grueso hierro labrado en color negro, daba también la vuelta en círculo sobre el muro. Esto permitía que chicos y grandes pudiesen por igual disfrutar, -cuando el tiempo era propicio-, de la hermosa vista y la fresca brisa, que se volvía particularmente agradable en primavera y verano.

En aquél patio que rodeaba la casa, un jardín cuidado esmeradamente con diseminadas formas de círculos, rectángulos y otras figuras geométricas, las plantas, unas verdes, otras con flores, e incluso hermosos rosales cuando era su tiempo, mostraban el esplendor de su belleza.

Todo el exterior de la casona era de piedra gris, pero no de un gris uniforme, sino en distintos tonos, como si el material hubiese sido traído de diferentes lugares. Al frente, especialmente el área que rodeaba la gran puerta de caoba, se le habían colocado formando distintas figuras realizadas con mucha creatividad, piedras del mismo color que las del patio, lo cual le daba un aspecto señorial, elegante, como de pequeño castillo. Sobre la puerta de entrada se: leía: año de 1916. Según afirmaban los mayores, era la fecha en que la mansión terminó de construirse: en el pleno periodo de La Gran Guerra.

Desde un relativamente corto desvío de la carretera, se llegaba a la casa por una entrada privada que llevaba directamente a la puerta principal. La parte posterior, quedaba disimulada por el mismo muro que la rodeaba, y cuyo único acceso visible desde la calle, era precisamente ese que desembocaba en el jardín. Al lado derecho, una especie de pérgola, pero techada debidamente con teja rústica, acogía los automóviles, tanto de propios, como de visitantes.

A unos quinientos metros de distancia, otro acantilado ubicado paralelamente y casi idéntico, pero este con una cresta completamente salvaje, en la que incluso podían apreciarse algunos pinos, habían formado con el pasar de los milenios, una tranquila bahía de cálidas y transparentes aguas, que contrastaban con el perpetuo rugir del embravecido mar que rompía lanzas permanentes contra los pacientes acantilados, y que se coronaba con una playa de arena prácticamente blanca, que el arrecife en su boca de entrada había construido pacientemente con los finos desperdicios de sus criaturas.

La grandiosidad de esta mansión no se limitaba solo a su exterior. Como era de esperarse, en su interior se usó el mismo criterio de darle a lo bello y elegante el lugar que le correspondía, sin embargo, quien la construyó, o mejor dicho, quien la ideó, no perdió de vista ni por un segundo que antes que cualquier otra consideración, era un hogar en el cual vivirían personas, no un museo donde los objetos y las habitaciones parecieran ser solo para ser vistos y admirados.

El gran salón de la entrada, como casi todas las áreas, tenía una enorme chimenea. En el segundo piso se apreciaba una especie de galería también formando un semicírculo, donde se encontraban dormitorios, algunos baños y saloncitos y bordeada por un barandal trabajado en finas maderas, pero la gran escalera que cualquiera pudiera imaginarse al entrar, que estaría ubicada al frente desafiando al visitante, en este caso permanecía fuera de la vista de quien accediera al salón principal desde la puerta de entrada. De hecho eran dos, a cada extremo de la galería, que daban la opción de subir y bajar por cada una de ellas, dependiendo en que parte se encontrara la persona, o hacia donde se dirigiera y que aunque eran hermosas, de la misma madera que el barandal, no llamaban particularmente la atención.
Un arco a la izquierda llevaba al comedor y tras otra puerta de caoba, a la derecha, se encontraba la biblioteca. Ni los ruidos, ni los aromas de la cocina, llegaban jamás a estas áreas.

Por allí disimulados en esta planta baja, sabrá Dios donde, había también un par de salas de baño.

Los muebles y la decoración de muy buen gusto, tenían un aire más bien con sabor a campo, y una que otra obra pictórica ornaba las paredes, pero era evidente que se había insistido en obviar lo más posible lo ostentoso, sustituyéndolo por lo acogedor e íntimo, a lo cual contribuía de manera muy eficiente la radiante luz que entraba por los ventanales, protegidos con contraventanas para el frio invierno y los vientos que seguramente allí se sentirían con fuerza en esa época del año.

Lo cierto era que Leonardo Sirenio Campa ya había llegado a su casa a la que regresaba después de más de cinco años de ausencia absoluta.

En la penumbra, intentó a reconocer lo que le era tan familiar. El lugar de su infancia, de sus padres, de sus hermanos y hermanas. Una historia que por sí sola daría para escribir una obra maestra, y aunque sabía que no tenía las dotes para ello, muchas veces había pensado que valdría la pena contársela a alguien que tuviera la facultad de convertirla, cuando menos, en una buena novela.

Al ir encendiendo las luces, pues comenzaba a oscurecer, tuvo ganas de gritar: ¡ya llegué!, pero bien sabia que nadie le respondería.

Dejando tras de sí todo alumbrado, comenzó a subir la escalera de la derecha hacia su dormitorio, cargando solo la maleta de mano. Como imaginaba, todo estaba completamente igual. Eso sí, muy limpio, como esperando que el dueño hiciera su aparición de un momento a otro.

Sus órdenes habían sido cumplidas, cuando dijo: quiero que la casa esté siempre preparada como para recibir invitados. Que no se la descuide, aunque ni Uds. ni yo, sepamos cuando vaya a volver… si es que vuelvo.

Cuando Quintín salió en la mañana a regar las plantas y a barrer un poco las hojas que inevitablemente, fuera otoño o verano, siempre había en el patio, supo que el dueño de casa había llegado. Corrió a llamar a su mujer: Loreto, Loreto, el amo Sirenio ya llegó.

——–

¿Donde estuvo Leonardo Sirenio Campa todos estos años?, y, ¿porquè regresò?

ADELFA MARTÌN

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